Cuando los mapuches conocieron el fuego Después del Diluvio, ya
asentados en su tierra, los mapuches disfrutaban de la papa que habían
bajado de la mahuida. Con ella calmaban el apetito y reponían sus fuerzas.
Pero todavía no habían incorporado otros cultivos: porotos, pimientos,
quínoa, y hasta maíz que, por ser planta de climas más cálidos, sembraron
pronto en las abrigadas laderas que miran al Norte. Ya estaban domesticando,
además, el luán o chilihueque (la llama del Sur); tenían perros que les
hacían compañía, y criaban gallinas ponedoras.
Uno de los trozos era de madera muy dura, y tenía la punta aguzada. El otro, de madera blanda, se iba perforando a medida que la aguda punta lo penetraba... De pronto, de las maderas saltó una chispa que encendió la capa de guanaco de la niña. Los chicos se asustaron, tiraron la capa y los palitos y salieron gritando, mientras el fuego saltaba a unos matorrales y empezaba a incendiar el bosque, destruyendo árboles y hasta calcinando algunos animales. La gente se acercó al lugar; pero al ver que los niños no corrían peligro se sorprendieron ante lo que habían provocado, y algunos probaron la carne asada de un pudú, muerto por el fuego. Así los mapuches aprendieron a encender fuego a voluntad, y llamaron wentru-repu y domo-repu a los dos palitos que les permitieron hacerlo (de repu, "palo"; wentru, "macho" y domo "mujer").
Fuente: Leyendas, mitos, cuentos y otros relatos MAPUCHES, presentados
por Fernando Córdova. Ed. Longseller, 2002 |
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