LA PIFÜLKA MÁGICA

Cuando los antiguos estaban todavía del otro lado de la cordillera, fueron esclavizados por unos invasores que destruyeron sus vidas. Cierta vez, un grupo de esos extranjeros entraron a la ruka de un anciano a quien, cuando trató de impedir que secuestraran a su bella hija, golpearon hasta dejarlo casi moribundo.

De pronto se acercó a él un viejo que parecía venir de otro mundo. Le curó las heridas con plantas suaves y refrescantes y le dio a beber un extraño líquido que de inmediato apagó su sed. Luego le dijo:

Toma esta pifülka (flauta). Es mágica. Satisfará todos tus deseos y te ayudará. Mediante esta pifülka mágica, tendrás poder sobre tus enemigos, sobre todos los animales y plantas. Al oír su voz, todos te obedecerán. Con ella, reúne a los indios y vuelve a hacerlos libres. Todos, lo quieran o no, cumplirán tus órdenes. Pregúntale siempre a la pifülka...

El anciano benefactor del viejo se convirtió en sombra y desapareció. Y desde entonces la pifülka hizo todo lo que quería el viejo esclavo. Primero derrotó a los invasores, reuniendo a los mapuches contra ellos al son de la música de la flauta. Después, encontraron el camino para acercarse a Dios a través del alma de un animal puro, tal cual les indicó la voz de la pifülka.

Eligieron para ello un guanaco joven, al que le explicaron que sería el mediador entre Dios y los hombres, lo cual era un gran homenaje para él, a través del sacrificio. Durante la ceremonia, el viejo, ya convertido en representante de todo el pueblo, hacía sonar tenuemente la pifülka.

Durante mucho tiempo, la flauta siguió cantando suavemente, llevando a los indios de regreso a Dios y, al mismo tiempo, devolviendo la tranquilidad a sus vidas. Como recompensa, Dios los protegía. Los enemigos estaban lejos, el Sol no sufría eclipses ni tampoco la Luna. No ocurrían terremotos. Las aguas no se desbordaban, las lluvias caían en época propia, las montañas de fuego parecían dormidas. No había pestes ni plagas.

Pero en su opulencia y bienestar, los hombres se fueron olvidando del Grande, el amo del Cielo Azul; dejaron de invocarlo a Él y a su reina Azul. Fueron perdiendo el espíritu que les advertía de los peligros y así, un día, llegaron otra vez enemigos poderosos que los dominaron.

Desesperadamente, buscaron la pifülka -que hacía muchísimo tiempo había dejado de sonar- sin éxito, y además, el anciano que la tocaba había muerto años antes. Solos y tristes están desde entonces los mapuches; a pesar de que efectúan fiestas rituales y de que los "amos de la palabra" hablan, la pifülka no vuelve a sonar; nada llega de los oídos de Dios, ninguna ofrenda lo conmueve... En vano sube el humo con los olores del holocausto hasta el Rañin Wenu (espíritu de firmamento). Según una profecía, la pifülka resonará con gran estridencia, con terrible estrépito, llenando el mundo, pero sólo para anunciar su destrucción, que ocurre cada 60.000 años. Todo será destruido, no quedará piedra sobre piedra. Sólo la pifülka registrará todo esto y, con la gente nueva, resucitará (si eso agradase al amo y dueño de la gente y fuese su voluntad).

Fuente: Bertha Koessler-Ilg. Cuentan los araucanos, 1996. Ediciones Mundo, Santiago de Chile

 

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