Mito tehuelche de la
creación del mundo
En tiempos muy, muy lejanos, tanto que no se pueden ni medir ni contar,
en el mundo sólo existían dos cosas: Kóoch, que siempre estuvo, y una oscuridad total y
densa, que no dejaba que las cosas fueran. Y tanto tiempo pasó Kóoch en esas tinieblas
insondables, silenciosas y absorbentes, y eran tales su soledad y su pena, que una vez
empezó a llorar. Lloraba con un llanto profundo, sincero e interminable, y tanto y tanto
lloró que sus lágrimas formaron el Arrok, el Mar Amargo de las tormentas y las
desazones.
Pero luego, aun en medio de la impenetrable negrura y soledad de su
existencia, pudo advertir el constante crecer del agua vertida por sus ojos y entonces
suspiró, creando así a Xóchem, el viento, que inmediatamente comenzó a correr,
alocado, arrastrando consigo las tinieblas y preparando el camino para la llegada de la
luz. Así fue como apareció la claridad, que restauró en Kóoch la alegría y lo alentó
a seguir creando...